¿Por qué nos sindicalizamos?

Miércoles, 31 de Mayo de 2017

Como en el pasado, el centro de las reivindicaciones humanas por la dignidad y el derecho a construir un mundo donde quepan todos los mundos, pasa por el trabajo.

Nuestra historia no ha sido la excepción, los/as trabajadores/as que buscan en el mundo poderse organizar con el fin de mejorar sus condiciones de trabajo, la vida de sus comunidades y familias, hacen parte del panorama natural reivindicativo del país y el mundo que habitamos.

Así como en Rochdale, la historia se repite, un movimiento sindical perseguido a través de acciones bastantes reprochables por parte de empresarios patronos, implicaron no sólo la mejora de salarios y horarios de trabajo, si no la creación de la primera empresa cooperativa sostenible, la cual fue liderada por un puñado de 28 tejedores que perdieron sus trabajos por haberse atrevido a defender sus derechos. Ellos en su época se expusieron al desprestigio, a la vulneración de su buen nombre, al punto de convertirse en personas inempleables en la industria de tejedores de la Inglaterra del siglo XIX. La persecución laboral fue el pan de cada día antes de la determinación de crear su propia empresa cooperativa, con el ideal de que al ser una empresa de los trabajadores, se lograría superar el obstáculo del señalamiento a las ideas heredadas del socialismo utópico y a la militancia sindical de los trabajadores.

Hoy, en nuestra pequeña comarca llamada CONFIAR, la formula se invierte, pero esta vez, partiendo de la necesidad de organización de los trabajadores/as cooperativos través de la organización sindical. Vuelve a la escena el debate, la dignidad en el trabajo pasa por los horarios y los salarios, conquistas de las luchas sociales de miles de personas, pero también pasa por el buen trato, el trabajo colectivo, la posibilidad de que todos/as participemos del rumbo de la organización cooperativa y que no seamos meramente vendedores de la mano de obra en nuestra propia organización, tal como ocurre en la empresa orientada al lucro y a la rentabilidad.

Muchos y muchas, consideran que hemos avanzado en materia de reconocimiento a la organización sindical, y creen que los trabajadores/as cooperativos, no requieren de este tipo de organización para la defensa de los derechos, pues al ser nosotros mismos los dueños asociados de la empresa cooperativa, estamos frente a una contradicción doctrinaria. Sin embargo, debemos hacernos algunas preguntas, ¿La propiedad colectiva define hoy la capacidad de cogestión y amplitud democrática de las organizaciones cooperativas? ¿En materia de la gestión del trabajo la empresa cooperativa aplica un modelo de gestión propio a su naturaleza, o por el contrario importa e implementa prácticas del trabajo en la empresa del capital? ¿El trabajo en la empresa cooperativa perse, respeta la dignidad de los trabajadores, entendiéndolos como sujetos y actores del desarrollo de la organización, y por lo tanto con capacidad de pensar y proponer al proyecto? ¿O por el contrario sólo reclamamos del trabajador cooperativo la eficacia, la eficiencia, la subordinación, la sumisión y la operación acrítica de los designios que otros mas ilustrados realizan por él o ella? ¿Dada la propiedad colectiva, está la organización cooperativa vacunada contra prácticas capitalistas de gestión en el trabajo, de liderazgos autoritarios, de dirigentes antisindicales que están dispuestos a todo con tal de que los/as trabajadores no tengan voz? ¿Será que aquellos que nos decimos progresistas de pensamiento, cooperativistas y hasta revolucionarios de vanguardia, tenemos la capacidad de asumir que otros, aquellos que hoy trabajan en las organizaciones de las cuales somos responsables, que son nuestro personal a cargo, tienen derecho a organizarse, a pensarse como colectivo, a generar identidad y a defender sus intereses?

La respuesta a todos estos elementos, nos dará la radiografía y el estado de porqué hoy hemos decidido sindicalizarnos y volver al origen, a esa relación histórica entre la organización de los/as trabajadores/as y la organización cooperativa, para la emancipación de los sujetos y de los pueblos, como lo decía Robert Owen “Sin coherencia no hay fuerza moral” y sin fuerza moral, no hay autoridad ética para pedirle al mundo que sea distinto, si cuando nosotros/as, cooperativistas, lideres culturales, defensores de los derechos humanos, revolucionarios de vanguardia, comunistas, progresistas políticos, ambientalistas, militantes de la vida, reaccionamos con violencia desproporcionada ante el trabajador que decide dar un paso al frente, reivindicarse como sujeto pensante y decirle a la organización: existo y tengo derechos, merezco respeto y tengo dignidad. Minimizando la decisión a un número simple, a una cifra insignificante, a la actitud despreciativa hacia “un grupo que no merece nada”.

Que contradicción tan grave nos habita, que somos capaces de ser tan feroces y violentos con los nuestros, de dañar su imagen y buen nombre de forma sistemática y real, de hablar pestes de ellos en público con otros trabajadores/as y también en nuestros organismos de dirección, que somos capaces de mentir con tal de dañar al otro, aquel al que veo por encima del hombro, porque soy su superior en la estructura, al que no considero un par como ser humano y compañero, si no un “simple jugador del Boyacá Chicó”1 que está por debajo de mí, en una actitud autoritaria que lesiona la dignidad del trabajador/a, a quien para demostrarle mi poder, soy capaz no sólo de erigir y liderar campañas de desprestigio a través de reuniones, si no que le persigo y hago todo lo posible para demostrar mi desprecio hacia él, excluyéndolo de reuniones, haciéndoles ver que no son necesarios, que sus funciones laborales pueden ser ejecutadas por cualquier otro que me demuestre sumisión, que no pregunte, que no analice, que no piense, y menos que diga. Porque usted como trabajador “es un simple funcionario”2 que se limita a ejecutar lo que yo diga, sin cuestionar, sin preguntar, sin pensar.

Por eso decidimos sindicalizarnos, porque nos negamos a ser autómatas alienados en nuestra propia empresa cooperativa, nos negamos a ser ceros a la izquierda sin dignidad, una suerte de clase media popular que se reduce a números y metas, ventas y productos, que no tienen rostro, que no discuten el modelo de negocio, de empresa, de trabajo; porque nos solidarizamos con aquellos que han sido despedidos sin debido proceso, a quienes no se les ha dicho por qué ya nuestra cooperativa no los necesita, y que en muchos casos se retiran heridos en su dignidad. No hay dinero, ni compensación económica que repare el daño, cuando a nuestros compañeros/as les supeditan las vacaciones al cumplimiento de metas, y pueden ser directores, ejecutivos y hasta gerentes de alto perfil, pero la organización cooperativa no debe, ni puede justificar tal aberración que lesiona la salud física y mental de las personas. No hay dinero que reponga el tiempo extra dedicado al trabajo y que no podemos destinar a la posibilidad y acceso a la educación, al ocio o la familia. No hay ascensos dignos, cuando se reparten gerencias y cargos en reuniones públicas, como si la cooperativa fuera la rosca de un sequito de seguidores de UNO,3 sin reconocer que en una cooperativa de cerca de 700 trabajadores, debe primar el proceso de concurso y mérito para los ascensos. Por eso, nos hemos sindicalizado, porque nos hemos sentido afectados en nuestra dignidad, esa parte de la dignidad que no tiene precio, si no que es la condición humana del respeto, por cada persona, por cada ser.

Esa fuerza del origen de esta y otras cooperativas, nos habita y se materializa en la irreverencia y la utopía, en la capacidad de disentir frente al sistema, pero como disentir hacia afuera y al modelo económico, mientras que hacia adentro hay sectores que difícilmente toleran la democracia y menos la democracia directa, la pluralidad, la diversidad, la diferencia y el derecho histórico que le asiste a los/as trabajadores de organizarse. Y como somos capaces de tergiversar el derecho de asociación, influenciando a otros para que se opongan a la afiliación, señalando al sindicato y a los trabajadores sindicalizados de poner en riesgo a la cooperativa, por el solo hecho de afiliarse, de decir, de preguntar y de nombrar lo que sucede, y hasta por haber hecho uso de sus derechos. Como somos capaces de hacer de la cooperativa un espacio excluyente que pide a gritos sanción para unos cuantos, señalados ellos con mentiras y sin pruebas, de toda clase de cosas terribles. Como somos capaces de señalar que el problema son dos sujetos que han puesto el debate, que abierta y sinceramente se han expuesto al público, y no a este y otro sin número de deficiencias que afectan el modelo cooperativo, que lesionan el espíritu del origen y el sentido para el cual fue creada esta organización. Como somos capaces de inventar infamias que apestan a prácticas capitalistas de persecución, señalamiento, exclusión con tal de sofocar el intento de organización sindical de los trabajadores/as. Como somos capaces en la formalidad, de decir y escribir, que se reconocen los derechos de asociación cuando en la práctica hacemos lo posible para que estos trabajadores sean excluidos del sindicato, imponemos a otros firmar comunicados en contra, y hasta somos capaces de hacer extensas reuniones doctrinarias antisindicales o somos capaces de dilatar la conversación con los trabajadores con tal de no reconocer en la práctica real el derecho que les asiste.

Somos imperfectos, somos un camino lleno de huecos y trochas, somos un proyecto inacabado, y justo por eso, porque un hueco en el camino se puede volver un abismo mortal por donde se pierde el rumbo, es necesario volver al origen y reencontrar la relación entre la cooperativa como organización solidaria de la comunidad y el trabajo. Si en una organización solidaria uno de estos dos factores productivos se opaca, tendremos un hueco convertido en abismo que nos hará más capitalistas y menos solidarios. Por eso nos organizamos.

Nos organizamos para volver al origen, y por estas razones nos llamamos ConRaíz.


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1. Expresión utilizada por Alejandro López, Director de la Fundación Confiar para referirse a su equipo de trabajo, y citada en Junta Directiva de la Fundación Confiar, por Oswaldo León Gómez, Gerente Corporativo de Confiar.

2. Expresión utilizada por Norberto Ríos en la Junta Directiva de la Fundación Confiar para referirse a una de nuestras compañeras, en el mes de Noviembre de 2016.

3. Acción realizada por el Gerente Corporativo Oswaldo León Gómez en reunión plenaria con empleados de Confiar Financiera, Fundación Confiar y Sólida, el 1 de Septiembre de 2016.